El concepto de la Revelación
Contenido
Parte del curso de Teología de la Revelación (2/8).
Algunas consideraciones previas
Hay una aparente ahistoricidad en lo que veremos, pero el tratado, tal y como lo hacemos, solo se entiende aquí y ahora. De hecho, el interés por el concepto en la Escritura y su teología es bastante reciente. Parte del Vaticano I (1870), pero queda reducido a epistemología.
Es la Nouvelle Théologhie la que lo recupera en los años 30 del s. XX, buscando un «retorno a las fuentes», a la Escritura y a los Padres de la Iglesia.
El testimonio de la Escritura
En el A. T. no aparece el término técnico «revelación». Sí que sirve como traducción de apokalypsis (traducción del hebreo gālāh, ‘descubrir’). En la versión de los LXX también aparecen otras palabras como ginosko ‘manifestación’, deelóo ‘mostrar’, epiphaínáo ‘aparecer’…
Apokalypsis implica un doble movimiento: quitar el velo (permitiendo un acceso) y volver a cubrir lo desvelado (entendiendo que el desvelamiento no agota su misterio). Dios se auto-comunica. Es decir, al hablar se da a sí
mismo.
La Revelación en el Antiguo Testamento
La autocomunicación de Dios en el A. T. se da con muchas formas, expresiones y acontecimientos. En el tiempo del A. T. no son extrañas las comunicaciones de lo divino (hierofanías, adivinación, sueños, presagios). De hecho, la fenomenología de la religión muestra que todas las religiones tienen algún tipo de hierofanía. El A. T., sin embargo, purifica estos modos de revelación, refiriéndolos al Dios único. La revelación no es tanto ver, sino saber escuchar.
De hecho, en el A. T., el hecho de la revelación siempre está relacionado con la Palabra de Dios (dābār Adonai). Esta es la expresión más frecuente y significativa, que caracteriza la comunicación. Esto supone una diferencia con otras religiones, pues se pasa del ver al escuchar. La visión siempre está subordinada a la Palabra. «Dābār» significa tanto palabra como acto: la palabra misma es eficaz y performativa, un ejercicio de libertad, una dynamis. Además, «dābār» implica un destinatario: nuestra existencia y la elección son misterios propios de la Palabra de Dios. Así, «gālāh» (apokalypsis), es el correlato del término «dābār»: por la palabra eficaz de Dios acotence el ser de las cosas, para que sean descubiertas y conocidas por el ser humano.
La Palabra de Dios también es histórica: (1) se dirige en un momento concreto de la historia y (2) hace historia. Al mismo tiempo, esta revelación implica una elección y una misión. La palabra también puede indicar una promesa, que Dios cumplirá, —casi siempre, con un cierto sentido escatológico—.
La palabra también se puede dar de manera recíproca, aunque haya una asimetría. A alianza es más que una promesa, es para todos y para siempre. Dios se involucra con su pueblo, se compromete a liberarlos y lo cumple. La misma alianza crea el Pueblo de Israel. La Ley es lo que el pueblo se compromete a realizar. Toda palabra divina posterior desarrolla, realiza, repara o actualiza la alianza.
La profecía es la actualización de la Palabra de Dios en medio de la historia. Es la memoria de la Alianza y la denuncia de la injusticia y el cinismo religioso. También es la promesa del cumplimiento definitivo de la Alianza. El propio profeta, a través de sus palabras, actos y su suerte personal, es una manifestación de la palabra profética (Os 1.3; Jer 16.19.27.32.36; Ez 4).
Los libros sapienciales muestran la coherencia entre la realidad y la Palabra de la Alianza. La declaración del monoteísmo absoluto amplía la alianza histórica al cosmos. La Sabiduría se identifica con la palabra de Dios. El salterio es una actualización diaria de la palabra. El género apocalíptico combina la palabra profética y la sabiduría en el anuncio de un evento cósmico que cumplirá definitivamente la alianza.
La Revelación veterotestamentaria es una relación interpersonal en la que Dios toma la iniciativa. La palabra es fundamental para unificar todos los fenómenos comunicativos. Se caracteriza por una dinámica constante de promesa y cumplimiento, con el objetivo de dar vida al ser humano y establecer una comunión con Dios a través de la alianza.
La fe en el testimonio del Antiguo Testamento se basa en la obediencia y la escucha de la palabra de Dios. Es necesario tener confianza y creer en Dios para poder subsistir y estar firmes. El término hebreo para fe, «hamîn» (de donde viene amén), implica atenerse a, confiar y creer en la palabra de Dios. Escuchar a Dios es creer en Él.
La Revelación en el Nuevo Testamento
Lo específico de la Revelación en el N. T. es Jesús de Nazaret. Los sinópticos no hablan de «revelación» (salvo Mt 11,25-27 y Lc 10,20-21), pero narran la revelación de Dios en Jesucristo. Jesús aparece como un profeta, pero también algo más, que predica la cercanía del Reino y la llamada a la conversión. Enseña con autoridad. Manifiesta el cumplimiento de la Ley (desde lo interno). Purifica el Templo. Y aparece él mismo como el cumplimiento
del A. T. («hoy» de Lucas). Jesús mismo revela al Padre y él queda revelado como Hijo (Mt 11,22ss).
En los Hechos de los apóstoles, la revelación de Dios en Jesús continúa a través del testimonio de la Iglesia y los apóstoles. En el corpus paulino, se articula la revelación en torno a los términos «misterio» y «evangelio», que se refieren al designio de salvación de Dios realizado en Jesús y accesible a quienes lo aceptan con fe (1Co 2,10-16). El misterio abarca a los gentiles (Col 1,26) y a todas las cosas que son recapituladas en Cristo (Ef 1,9-10). El evangelio es misterio, pero como una buena noticia para la humanidad.
La revelación, según san Pablo, es la acción (libre y gratuita) de Dios en la San Pablo que manifiesta su plan de salvación a través de Cristo. Esto se comunica a través de la predicación del evangelio por los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento. La obediencia por la fe del hombre en respuesta a esta predicación es iluminada por el Espíritu Santo y conduce a un mayor conocimiento del misterio divino. Este proceso culmina en la visión de la revelación final.
La carta a los Hebreos destaca la importancia de la «Palabra» y su relación con el Antiguo Testamento. También resalta la excelencia de Jesucristo como mediador. La Palabra de Dios en el Nuevo Testamento exige una fidelidad y obediencia acorde a la autoridad del Hijo.
El Corpus joánico es el conjunto de textos que presenta la mayor concentración de enseñanzas cristológicas. Los términos utilizados para hablar de la revelación son propios de la cultura helenística y se atribuyen a Cristo, que es el logos, la verdad, la luz y la vida. Jesús, como el logos encarnado, es la revelación en sí misma. El prólogo del evangelio es una narración dramática del logos (creación, pecado, encarnación). El testimonio es la forma en que se revela la verdad. La «hora» es el momento en que se cumple completamente la revelación, con la glorificación del Hijo, la manifestación de la gloria del Padre y el don del Espíritu.
La fe en el Nuevo Testamento tiene continuidad con el Antiguo Testamento Fe y se refleja especialmente en los evangelios sinópticos a través de testimonios transparentes. La fe se entiende como un acto de confianza en la fuerza salvadora de Dios y se manifiesta en parábolas como la buena tierra y la casa edificada sobre roca o arena. En los sinópticos, la fe se concentra en la conversión a Cristo, mientras que en el evangelio de Juan se enfoca en conocer a Jesús en su unidad con el Padre. En las epístolas de san Pablo, la fe se centra en el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo. En los Hechos de los Apóstoles, la fe se basa en la confianza en el testimonio de los apóstoles y la eclesialidad es fundamental en ella.
La Revelación en los Padres de la Iglesia
Los padres de la Iglesia no desarrollaron una teología de la revelación como la teología moderna. Sin embargo, la revelación está presente en sus escritos de manera dispersa. Los padres de la Iglesia favorecen la inculturación de la fe en la cultura helenística y reflexionan sobre el conocimiento de Dios a través de la identidad de Cristo con el logos. La influencia del gnosticismo también los lleva a reflexionar sobre el conocimiento de Dios en relación
con la salvación.
La unidad de los dos Testamentos
Los judeocristianos (I-II) reivindicaban la primacía del A. T. para interpretar el N. T. Los marcionitas (I-III) niegan la necesidad del A. T. por la ruptura que supone el N. T. Los Padres articulan una unidad dinámica de los dos Testamentos. La Escritura recoge este dilema (concilio de Jerusalén, Hch 15,5-29; Rm 9-11). Tiene que reconocerse la novedad del N. T. en continuidad (un solo Dios revelado en el logos) y como progreso (etapas de la revelación) del A. T.
- Justino: AT: manifestación parcial y oscura; NT: claridad y plenitud.
- Ireneo: AT: preparación, educación, esbozos y promesas. NT: cumplimiento.
- Clemente de Alejandría. AT: enigmas y misterios. NT: explicación de la profecía.
- Orígenes: AT: conocimiento del misterio. NT: realización y posesión del misterio.
Centralidad de Cristo
Los Padres de la Iglesia consideran a Cristo como la culminación de la historia, asumiendo tanto la palabra como la acción para revelarnos el designio de salvación del Padre. La palabra de Cristo tiene un papel principal, expresado a través de términos como palabra de Dios, evangelio, enseñanza, doctrina de la fe, entre otros. Por otro lado, la filosofía griega desplaza el enfoque de la revelación del acontecimiento histórico hacia su dimensión doctrinal.
Inculturación: teología del Logos
Los padres de la Iglesia cristalizan el anuncio del Evangelio en el mundo pagano, mostrando la continuidad y novedad del Evangelio con la cultura pagana y la filosofía platónica. Justino explica que la mediación de Cristo en la revelación histórica de Dios es coherente con la mediación del Logos en la creación del mundo. Clemente de Alejandría enfatiza el aspecto cognoscitivo de la revelación, destacando que el cristianismo es superior a cualquier otro conocimiento porque tiene al propio Logos como instructor. La filosofía es una instrucción propedéutica que conduce a Cristo. Para Orígenes, el Logos es la imagen del Padre y revela gradualmente a través de la creación, la Ley, los profetas y el Evangelio. La encarnación es la máxima revelación, promoviendo toda la creación a la realidad espiritual de Dios. La importancia no radica tanto en el hecho histórico de la venida, sino en la percepción y reconocimiento de la misma, lo que lleva a un proceso de espiritualización del conocimiento hasta la visión beatífica.
Los padres de la Iglesia comenzaron a ver la revelación más como un conocimiento profundo (gnosis) en lugar de una historia. Sin embargo, Ireneo defendió la importancia de la historia y afirmó que el plan salvador de Dios a través del Logos es histórico, desde la creación hasta la visión, siendo la encarnación el punto culminante.
Inaccesibilidad y conocimiento de Dios
Hay un conocimiento de Dios natural, propio de la filosofía. La vía analógica indica que todo puede llevar a Dios. El conocimiento de la fe es coherente con el conocimiento natural de Dios, pero es diverso. Viene de Dios y nos permite conocerle más perfectamente.
Cristo revela a Dios, pero Dios sigue siendo un misterio inagotable y accesible. Aunque sabemos algo de Dios a través de Cristo y su Espíritu, Dios sigue siendo invisible, inenarrable, inescrutable e inaccesible. La iluminación del alma nos permite penetrar en los misterios de la Trinidad.
San Agustín distingue entre el aspecto exterior e interior de la revelación. Las palabras de Cristo requieren una acción interior de Dios en el alma para ser escuchadas y reconocidas. Esta acción atrae e ilumina el alma, y sin ella no es posible escuchar verdaderamente sus palabras. Escuchar implica obedecer y creer.
Las síntesis medievales y el hiato nominalista
Los escolásticos del siglo XIII y el marco teológico anterior no se enfocaron en la naturaleza y propiedades de la revelación cristiana. Santo Tomás, por ejemplo, solo hace breves menciones a la revelación de Cristo y los apóstoles, a menos que sea en sus comentarios escriturísticos. Su atención se centra principalmente en la revelación inmediata dirigida a los profetas.
Averroes (1126-1198)
Aristóteles vuelve a ser relevante en el pensamiento europeo cristiano a través de la filosofía islámica, especialmente gracias a Averroes. Averroes es considerado el autor que ofrece la interpretación más auténtica y autorizada de Aristóteles. Sin embargo, su pensamiento entra en conflicto con la interpretación del Corán, especialmente en temas como la eternidad y necesidad de la creación y la mortalidad total de la persona.
Averroes defendía la teoría de la doble verdad, que sostiene que el Corán y la filosofía son verdades diferentes pero no excluyentes. Solo aquellos que entienden los argumentos filosóficos pueden interpretar el Corán de acuerdo a la razón. Aunque la teoría de la doble verdad se atribuye a Averroes, en realidad no fue ampliamente aceptada.
San Buenaventura (1221-1274)
Un estilo teológico basado en la teología de san Agustín, que no se ve afectado por la influencia del aristotelismo. La fe es fundamental para comprender toda la realidad y la filosofía se ve como un camino intermedio para llegar a la visión beatífica. La teología es un camino de amor hacia Dios, guiado por la fe, y se basa en una epistemología de la teología de la Cruz.
La revelación es el acto de comunicar conocimiento espiritual al ser humano, ya sea a través de signos perceptibles o de la palabra inspirada por el Espíritu. Es necesaria para la salvación y es realizada por la Trinidad, especialmente por el Hijo y el Espíritu. La revelación es histórica y se presenta a través de Cristo, quien es visto como un maestro sabio que ilumina con sus enseñanzas, buscando producir un efecto en las personas, llevándolas a la contemplación y a la conversión.
La fe se origina a partir de la combinación de la predicación externa y la iluminación interna del maestro interior (la enseñanza del Espíritu). En la revelación profética, no se hace una clara distinción entre la inspiración y la revelación. Durante la profecía, Dios ilumina el espíritu del profeta, quien recibe la materia revelada a través de sus sentidos, imaginación o espíritu. Cuando la iluminación es perfecta, el profeta comprende verdaderamente el significado de lo que ha recibido.
Santo Tomás de Aquino (1225-1274)
Santo Tomás de Aquino asimila críticamente el pensamiento aristotélico y reconoce la autonomía de la filosofía. Postula que el conocimiento racional puede ser consistente sin depender de principios teológicos. Existe un conocimiento filosófico a través del intelecto agente y un conocimiento teológico guiado por la fe. Santo Tomás encuentra una coherencia y armonía entre ambos conocimientos, sin contradicciones. La fe y la razón se complementan y conocen cosas similares, como la existencia de Dios.
La revelación es una operación salvífica que tiene como objetivo la unión del hombre con Dios. Es necesaria porque el ser humano no puede alcanzar este fin por sus propias fuerzas. Además, Dios puede revelar verdades que también pueden ser conocidas naturalmente para facilitar la salvación de todos.
La revelación es un evento histórico en el que Dios se comunica con la humanidad. A lo largo de la historia, diferentes personas han recibido y transmitido esta revelación. Abraham la recibió y la compartió con su clan, Moisés la recibió y la compartió con su pueblo, y Cristo la compartió con toda la humanidad. A medida que avanzamos en el tiempo, el conocimiento de la revelación ha ido progresando.
El paradigma de la revelación se centra en el conocimiento profético y cómo se transmite. Se distingue entre el conocimiento profético en sí mismo y su expresión verbal. El conocimiento profético permite ver lo que está más allá del conocimiento natural y elimina la distancia entre nosotros y Dios. La revelación profética eleva nuestro entendimiento a través de representaciones sensoriales e imaginarias. La luz divina es esencial para comprender las revelaciones y el conocimiento humano. Los profetas reaccionan activamente a la revelación y son conscientes del carisma profético recibido. La revelación se manifiesta a través de la palabra, tanto en su forma sensible como interior, y Cristo es el maestro supremo que enseña tanto con sus palabras como con sus acciones. La fe es la combinación de la palabra predicada y la gracia interior, y está orientada hacia la visión beatífica.